Cuando los uniformes verdinegros, negros o pardos de toda clase de gángsters, pistoleros y asesinos comenzaron a recorrer callejones y avenidas de las ciudades alemanas y austríacas.
Armados de cachiporras, palos, cadenas, bombas incendiarias y armas de fuego, calzados con botas con punteras de acero que atronaban contra el adoquinado de las calles, organizados en grupos de combate perfectamente sistematizados y coordinados, esas hordas atacaron sin piedad alguna los barrios judíos de casi todas las ciudades alemanas y austriacas. Lo hicieron bajo la atenta y solícita mirada de la policía, policía que luego se encargó de trasladar a los sobrevivientes a los campos de concentración que el Estado Alemán había dispuesto. Eran lo nuevo, lo que llevaría la cultura occidental a la cúspide, los portadores de la vitalidad aria: eran los nazis.
En lo que dura una noche –la que va del 9 al 10 de noviembre de 1938-, fueron incendiadas y destruidas centenares de instituciones, clubes, escuelas, sinagogas, bibliotecas, hogares de las colectividades judías de Alemania y Austria, colectividades que llevaban viviendo en esos sitios, al menos, 1000 años. El saldo material fue la reducción a escombros de miles de hogares, pero también el asesinato de cientos de personas y la reclusión de 30.000 seres humanos en los campos de concentración del Reich.
Ese pogrom marcó un antes y un después. El antes era que el accionar nazi antisemita se manifestaba en humillaciones, agravios, asaltos callejeros, pero aun no constituía una política de Estado; el después fue lo que vino después de Evian...
A la Conferencia de Evian asistieron delegados de 32 países (entre otros estaban Estados Unidos, Noruega, Dinamarca, Suecia, Suiza, Brasil; Argentina entre ellos, quien declaro ya haber aceptado suficientes “judíos”, Gran Bretaña, Francia, Bélgica, Chile, Países Bajos, Canadá y Australia), se reunieron en Francia, desde el 6 al 15 de julio de 1938, para discutir la cuestión de los refugiados judíos. Lo que debía ser un intento para aliviar las implacables condiciones inmigratorias aplicadas a los judíos alemanes y austríacos se convirtió en un ejercicio perverso de hipocresía colectiva, que cerró dándole a Hitler un apoyo absolutamente gratuito y no solicitado, diciendo que Alemania podía hacer con sus judíos lo que quisiera. Luego el gobierno alemán comentaría lo "asombroso" que era que los países extranjeros criticaran a Alemania por su trato a los judíos pero que ninguno de ellos les abriera sus puertas. Esa fue la señal que Hitler y Mussolini esperaban. La entendierón perfectamente. Sabían que desde entonces nadie se les opondría, al menos en lo que se refería a sus políticas antisemitas.
La primera consecuencia fue el 5 de septiembre de 1938 en el parlamento italiano que promulgaba la ley que creaba la: "Direzione Generale per gli Affari Razziali" la que ese mismo día ordenaba a las escuelas de todos los niveles la prohibición de inscribir alumnos de raza (sic) judía. Entre otras denominadas "Medidas para la Defensa de la Raza".
La segunda; el gigantesco pogrom llamado "la noche de los cristales rotos"; A pesar de que la prensa informó con todo detalle de las persecuciones antisemitas que tuvieron lugar durante los sucesos de la violenta Kristallnacht ("Noche de los cristales rotos") de noviembre de 1938, los estadounidenses, como casi todos los países que luego conformarían las Naciones Unidas, se mantuvieron reticentes a recibir a los refugiados judíos y las cuotas se mantuvieron intactas. De hecho a lo largo de toda su historia, incluidas la primera y la segunda mitad del siglo XX, la tasa de inmigración judía a los Estados Unidos es la internacional, jamás se le concedió un privilegio especial al llamado "pueblo elegido".
Incluso los esfuerzos de algunos estadounidenses de salvar a los niños resultaron fallidos: el proyecto de admitir 20.000 niños refugiados de origen judío que estaban en peligro, no fue aprobado por el Senado estadounidense en 1939 y ni siquiera en 1940 cuando ya se sabía con certeza el destino que correrían. Y le siguen otras mas que terminan en las vías ferroviarias que conducían a las chimeneas de los hornos crematorios del campo de exterminio de Auschwitz, vías férreas que nadie bombardeo y por las que pasaron casi 2.000.000 de personas.
Han transcurrido 70 años de aquella terrible noche. Y las de otras terribles "guerras" (Hitler también decía que estaba "en guerra contra la amenaza judía", basta cambiar la palabra judía por la de cualquier otra diversidad cultural y tenemos, tan solo en la segunda mitad del último siglo, decenas de millones de muertos) también perfectamente evitables con la intervención de (entre otros) aquellos mismos países que estuvieron en Evian en 1938; los enfrentamientos a los que asistimos, así como la violencia que saturan los titulares del presente, nos indican que las atrocidades y monstruosidades de Kristallnacht se encuentran más cerca de nosotros de lo creemos y que no es simplemente una memoria histórica. Basta como ejemplo la desaparición del 75% de los tutsis de Ruanda por el simple pecado de no tener la nariz correcta. No alcanza con recordar; para que NUNCA MAS haya Treblinka, ESMA, Abu Grahib o Guernica, Biafra o Ruanda es fundamental que valoremos la diversidad, demostremos coraje cívico, tengamos decisión democrática, convicción, sensibilidad social y abracemos la causa de construir un mundo justo, donde lo corriente sean la solidaridad y la convivencia entre los seres humanos.
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